Volumen: I | #

III DÉCADA DE LOS 60.

En el mundo.

La década de los años 60 fue extraordinariamente rica en acontecimientos de primera magnitud. Se la suele idealizar o satanizar con miradas unilaterales hasta el día de hoy. En realidad, tuvo de todo, positivo y negativo. Pero quedó, a lo menos para los jóvenes de mi generación, como una etapa casi legendaria o mítica, que nos marco para toda la vida, condicionando fuertemente gran parte de lo que nos sucedió después.

Lo sustantivo para darle identidad a este período no fue, como algunos creyeron, la violencia bélica, que la hubo en abundancia (con la absurda guerra de Vietnam a la cabeza), ni hechos puntuales destacados (los asesinatos de John y Robert Kennedy, y de Martin Luther King Jr., o la llegada del hombre a la luna, por ejemplo), sino una circunstancia cultural y espiritual más amplia. Ella se expresó de muchas maneras, pero, en esencia, se tradujo en un sentimiento universal de liberación, posiblemente la palabra clave de la década. El notable y anciano Papa Juan XXIII habló, por su parte, de la necesidad de dejar entrar “aire fresco” en los ambientes cerrados de la Iglesia y convocó al Concilio Vaticano II. Así revolucionó a esta institución dos veces milenaria. Este espíritu recorrió el mundo. Fue sobre todo algo atmosférico, alimentado por hechos históricos que, desde varios ángulos, convergieron para dar esta sensación. Como ya lo adelanté en el capítulo anterior, en América Latina fue la revolución cubana, que se había inaugurado el 1º de enero de 1959, la que agitó las aguas políticas e ideológicas de toda la década del 60. El “deshielo” en la Unión Soviética, con un Nikita Krushev a la cabeza, que había ajustado cuentas con Stalin y lo peor de su dictadura, generando un clima inéditamente distendido en su país, abrió esperanzas en un mundo extremadamente hermético.

La conducta de “aggionamento” o “puesta al día” en la Iglesia Católica, como indiqué más arriba, produjo cambios importantes en dicha institución religiosa, cambios que en América Latina se especificaron algo más en la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, Colombia (1968).

La “Alianza para el Progreso” en América, propuesta por John Kennedy para salirle al paso, con iniciativas reformistas, a los cambios revolucionarios emprendidos por Fidel Castro en Cuba, creó un contexto favorable a políticas innovadoras en muchos países, entre los que estuvo muy destacadamente Chile a partir de 1964 con el triunfo de Frei y de su "Revolución en Libertad".

La guerrilla del Che Guevara en Bolivia y la participación en otra guerrilla, esta vez en Colombia, por parte del sacerdote Camilo Torres (a quien entrevisté en su casa en Bogotá en 1966: cf. Camilo Torres 1968: 409 - 414) contribuyeron a abrirle paso a la idea de que en algunos países se producirían revoluciones como la cubana. Treinta y tres países africanos con una población superior a los 200 millones de habitantes en ese momento, así como cuatro países del Caribe, obtuvieron su independencia y soberanía durante el decenio, incrementando bruscamente el número de Estados miembros de las Naciones Unidas. El “hippismo”, nacido en los países más desarrollados, invadió las juventudes de todas partes, difundiendo un espíritu de libertad en las formas y en las costumbres. Los Beatles, entre otros, expresaron estos sentimientos de un modo muy impactante en el campo de la música popular, hasta convertirse, con el paso del tiempo, en clásicos de su generación. En Europa, Estados Unidos y algunos países latinoamericanos (Chile, entre ellos), las revoluciones universitarias contra lo conservador y caduco intentaron reformar a fondo las instituciones de educación superior, sacándolas de un rol fríamente profesionalizante y procurando llevarlas a una inserción más completa en las sociedades a las que, en último término, debían servir. Marcusse y otros pensadores en la filosofía dieron sustento teórico a todo este proceso. En verdad, fueron muchas experiencias a la vez, atravesadas casi siempre por grandes contradicciones, pero, en general, apuntando hacia la búsqueda de mayores espacios para la libertad y dignidad humanas. En Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga de 1968 postulaba la construcción de un socialismo “con rostro humano”. Fue abatida, pero, en su momento irradió esperanzas, dejando una huella que no pudo borrarse más. Quien lea a Vaclav Havel, que llegó a ser presidente de ese país al ser derrotado el comunismo en 1989, comprobará la veracidad de esta afirmación. Eran estos destellos los que provocaban la atracción de los jóvenes en los más diferentes escenarios.

Un momento dramático en el planeta se produjo con el enfrentamiento norteamericano-soviético en torno a Cuba a raíz de la instalación de misiles soviéticos con cabezales atómicos en la isla, a 90 millas de Miami. Acaeció en 1962. Se llegó a temer una guerra atómica y con razón, porque, por todo lo que se sabe, efectivamente se estuvo a punto de que ello sucediera. El final feliz se debió a la decisión de Kennedy y Krushev de evitar llegar a estos extremos en el futuro. Se abrió entonces el primer período de distensión dentro de la guerra fría, suscitando algunas esperanzas de un futuro liberado de temores apocalípticos. Entre los acuerdos para reducir en el futuro el peligro de una conflagración atómica estuvo también una garantía norteamericana de no intervenir en forma armada en Cuba, lo que, probablemente, preservó la revolución de Castro.

Este ambiente prometedor, que también contribuyó a fortalecer la atmósfera antes descrita, experimentaría un severo retroceso con la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968, país donde, como ya dijimos, se había alcanzado a vivir una “primavera” con el “socialismo con rostro humano” de Dubcek. La sombra del difunto Stalin volvió a apoderarse de la vida de los países comunistas. Nuevos caminos, largos y fatigosos, deberían emprenderse para que en 1989 se abriera el cerco y se derrumbara ese sistema. De este modo, la década, que al comienzo tuvo su rostro oscuro con la frustrada invasión de Bahía Cochinos en 1961, llevada a cabo por cubanos exiliados en Miami con apoyo logístico real, pero vacilante, por parte de la Administración Kennedy, con la construcción del muro de Berlín, con la crisis de los mísiles de 1962 y con el inesperado y hasta hoy no plenamente explicado asesinato de Kennedy el 22 de noviembre de 1963, experimentó después seis años consecutivos de euforia libertaria, para concluir con la invasión soviética a Checoslovaquia, que, en cierta manera, frenó el impulso y el ánimo de lo que había estado sucediendo en los más diversos ámbitos. La década siguiente marcaría el repliegue completo de lo vivido anteriormente. Hasta el conjunto de los Beatles se desintegró en esos años.

En Chile

En Chile los años 60 marcaron el fin de la influencia del Partido Radical, el debilitamiento extremo de la derecha, la transformación de la izquierda por el impacto en ella de la revolución cubana, el cambio profundo de la composición de la jerarquía eclesiástica y el ascenso de la DC hasta llegar en 1964 al poder, encabezada por Eduardo Frei Montalva. Este último hecho abrió, a su vez, una nueva etapa del desarrollo político chileno.

Los radicales habían sido un eje central de los gobiernos chilenos de las últimas décadas. Así, fueron partido de gobierno con Presidente de sus filas durante 14 años seguidos (1938-1952), habiendo gobernado ya antes con Juan Esteban Montero (1931-1932) y formado también parte de los gabinetes de varios gobiernos, hasta llegar al de Jorge Alessandri, a quien acompañaron en los últimos tres años de su administración. Pero, igualmente, habían estado presentes desde la oposición, a partir de la segunda mitad del siglo anterior. Constituían un auténtico partido de centro, pendular, que a veces se inclinaba hacia la izquierda y en otras ocasiones lo hacía hacia la derecha. Con las elecciones de 1964 se produjo su derrumbe, del que no han vuelto a recuperarse más. El hecho de que esta declinación coincida con el auge de la DC ha sugerido a muchos analistas la idea de que los sectores medios que seguían a los primeros se habrían pasado en masa a la fuerza en ascenso, la DC. Personalmente no creo que haya sido algo tan mecánico, porque muchos radicales emigraron hacia la izquierda (Ricardo Lagos, Jorge Arrate, etc.) y bastantes se parapetaron en la derecha (Pedro Daza, René Rojas, para nombrar solamente dos conocidos funcionarios de la Cancillería, hicieron esto y después trabajaron felices con la dictadura). Sólo Genaro Arriagada se fue a la DC. Más bien, lo que sucedió fue la adhesión masiva que nuevos sectores medios, llamados emergentes, sobre todo de profesionales y técnicos, manifestaron a la DC. Ellos le dieron ante el conjunto de la sociedad chilena un rostro de modernidad y de equipos solventes y capaces de darle soluciones a los problemas del país.

La derecha, después de gobernar con Jorge Alessandri, cayó a sus niveles más bajos de apoyo electoral. Esto precipitó la disolución de los partidos liberal y conservador, que tenían más de 100 años de existencia, y su fusión en el Partido Nacional. Participaron en este proceso ciertos grupos nacionalistas que tomaron el control del nuevo partido y que marcaron, a la larga, un vuelco hacia posiciones autoritarias que se manifiestan hasta hoy (2003). Capitaneados originalmente por Jorge Prat, poco a poco se eclipsó esta importante figura política y fueron cayendo bajo la influencia y liderazgo de Sergio Onofre Jarpa.

La izquierda chilena se radicalizó poderosamente durante esta década, influida, como se ha mencionado, por la revolución cubana. En su interior se desarrolló consistentemente una alianza socialista-comunista, a la vez que emergió un sector extremista y extraparlamentario, que cristalizó en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario). El liderazgo de Salvador Allende, quien siempre fue más moderado, atravesó por momentos de gran debilidad, hasta el punto de que su nominación para ser el candidato presidencial de la izquierda en 1970 estuvo en peligro hasta el último momento. Dentro de su propio partido, quien pudo haberle ganado a Allende la nominación para la Presidencia, fue Aniceto Rodríguez. (Cf. Eduardo Labarca, Chile al rojo, 1971). (Como se verá después, me correspondió suceder a este personaje, cuando él falleció, en el cargo de embajador de Chile en Venezuela).

También influyó poderosamente la conducta de la Iglesia Católica, que tuvo en lo social una línea muy progresista. Efectivamente, la Iglesia Católica chilena también sufrió un cambio considerable en esta época, que se venía preparando desde 1925, cuando se produjo su separación constitucional con el Estado. El cambio de personal en el episcopado chileno, con la llegada de hombres más jóvenes y con una mentalidad más abierta y progresista, tuvo una gran repercusión política, pues se produjo el definitivo rompimiento con el partido conservador y el apoyo discreto, más bien indirecto, pero eficaz, a la DC.

El gobierno de Eduardo Frei Montalva constituyó, en definitiva, un difícil parto, cargado de circunstancias muy complejas, que derivaron, a la larga, en la falta de sucesión en los períodos siguientes y, sobre todo, en la crisis de la democracia y en el advenimiento de la más prolongada dictadura de toda la historia chilena. Esta fue su mayor derrota, a pesar de haber sido un gobierno tremendamente realizador e innovador en muchos aspectos. Hablaré con más detalles al respecto en el capítulo siguiente. Por la intensidad de los hechos históricos sucedidos en ese período se requiere un capítulo especial.

En lo personal, en esta década consolidé mi aproximación a la política. Terminé mis estudios de derecho actuando, simultáneamente, como dirigente universitario y dirigente político.

Después de trabajar como procurador con dos abogados de Valparaíso y de viajar al extranjero a eventos estudiantiles internacionales, me trasladé a Santiago a trabajar en un departamento de la Organización de Universidades Católicas de América Latina, ODUCAL, que presidía el Rector de la Universidad Católica de Chile, monseñor Silva Santiago. La sección mencionada tenía un nombre que le daba una apariencia de organismo autónomo: Organización de Movimientos Estudiantiles Universitarios, ORMEU. Esto, a lo menos jurídicamente, no era así, porque dependía estatutariamente de la ODUCAL. Pero, en la práctica, fue una plataforma desde donde un núcleo de dirigentes estudiantiles demócratas cristianos, entre los que me contaba, pudieran desarrollar una acción significativa en América Latina, que tuvo influencia en diversos lugares. Sus actividades se concentraron en tareas de coordinación y de formación de dirigentes universitarios provenientes de todos los países del continente. Para ello creamos el Instituto de Estudios Sociales, a cuya cabeza estuve por dos años, viviendo una experiencia inolvidable que me marcó para siempre. Responsable máximo de ORMEU fue siempre Fernando Sanhueza, quien en ese tiempo era Secretario General de la ODUCAL. Fue él quien me llevó a trabajar a su lado, junto varios más, como Juan Orellana, Eduardo Palma, Jaime Lavados, Iván Lavados y Eduardo Hill. Este grupo se independizó más adelante de la ODUCAL y formó la Corporación de Promoción Universitaria, CPU, que existe hasta el presente. Fernando Sanhueza, de profesión arquitecto, era un hombre extremadamente ejecutivo. Simpático y persuasivo, conseguía a veces cosas que parecían imposibles de alcanzar. Llegó a ser diputado y Presidente de la Cámara en el período de Allende. Murió en Venezuela, en Puerto Ordaz, ciudad donde ejerció con gran eficacia el cargo de Cónsul del Chile.

Estando establecido en Santiago, llegué a ser también Secretario General de la JDC, cargo que ocupé a invitación de la mesa directiva, pues había quedado vacante. Presidía Max Silva del Campo, un dirigente capaz, algo autoritario y conservador, como que había llegado a la DC desde el conservantismo social cristiano (por desgracia, terminó sirviendo en el gobierno dictatorial de Pinochet como su primer Subsecretario de Justicia). Estuve en esa función por cerca de ocho meses, hasta que, por esas cosas raras de la vida, tuve que entregar la Presidencia de la JDC a Rafael Moreno. Sucedió en la Junta Nacional del la Juventud, que debía elegir la nueva directiva, cuando inesperadamente la cuenta del Presidente fue rechazada. Éste, indignado, se retiró de la Junta. Lo acompañaron los dos Vice-Presidentes, Arturo Lane (terminó trabajando en la censura de libros para la dictadura) y Raimundo Valenzuela (terminó, en el gobierno de Allende, emigrando a la Izquierda Cristiana). Quedé solo en la mesa y tuve que presidir la Junta con su largo debate, y entregar la Presidencia al nuevo presidente juvenil, Rafael Moreno, una vez que fue elegido con amplio apoyo.

Al acercarnos a 1964, año de la elección presidencial, comenzó a escribirse para toda mi generación una nueva historia.

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